Me siento débil, sin fuerzas. Sin encontrar sentido, ni dirección en el camino que llevábamos emprendido. Sin encontrar respuestas a preguntas que están consumiéndome. Necesito acudir a un recuerdo feliz, pero no se cual. Me invade la tristeza. Se apodera de mí. Hace que todo a mí alrededor sea tenue. El silencio resurge entre las paredes de mi habitación y habla por mí.
Lo más difícil, sin duda, lo tiene que pasar mi hermana. Y no se me quita de la cabeza, cómo estará en estos momentos, que estará pensando, o si de verdad asume su enfermedad, y todas las complicaciones que va a tener para superarlo.
Cada vez que me pongo en su lugar, me derrumbo. Empiezo a temblar. Los miedos y los nervios invaden mi cuerpo. Y ni si quiera saber con certeza que es lo que va a suceder mañana, me vuelve la persona más indefensa en este momento.
Debo hacer caso a mi padre, todo saldrá bien. Estaremos con ella. Lo superará. Pero si por las casualidades de la vida algo falla, habrán sido nuestros mejores momentos juntos. Los mejores momentos porque voy a intentar que sonría en cada milésima de segundo. Y que a pesar, de que son alrededor de cuatrocientos cincuenta kilómetros los que nos separan, le haré sentir que estoy junto a ella. Que no me separo de su vida, y que de una forma distinta vivo su día a día. Y sobre todo, no olvidarme de darle amor a su corazón, para que siga latiendo. Para que permanezca con vida.
Es sábado. Doce de la mañana. El desayuno está preparado en la mesa. Zumo de naranja, y tostadas de jamón serrano de Teruel, con tomate restregado y una pizca de sal. Junto a ellas, una nota en un post-it: “Que aproveche el desayuno, ha llamado la psicóloga, ya te contaré. Papá”.
Supongo que mi padre le habrá contado por qué estos dos últimos días no he asistido a clase. Así que bueno, el lunes hablaré con la tutora y le explicaré cuales han sido los motivos. Aunque quizá lo mejor hubiera sido haberla llamado, o enviarle un correo electrónico. – Me digo a mi mismo, cuando me pongo en la boca el último bocado de esa tostada tan deliciosa que me había dejado preparada mi padre.
Enciendo el ordenador. Pongo mi usuario y mi contraseña. La privacidad siempre es buena, que luego viene el cotilla de tu padre o el amigo tonto de turno y te chismea todo tu ordenador, y ve cosas que no tendría que haber visto.
Entro en mi correo. Bandeja de entrada: 1 mensaje nuevo. Clico con el botón derecho de aquel diminuto ratón. A mi sorpresa de que:
Sara, Asunto: ¿Por qué no has venido a clase?
Frunzo el ceño, sinónimo de mi preocupación. A lo que leo:
Ya sé que es un poco tarde, exactamente casi la una de la madrugada. Pero es que esta mañana ha venido la tutora a clase y nos ha dicho el motivo por el cual no habías venido. ¿Qué ha pasado Álvaro? ¿Te parece bien que lo hablemos mañana por la tarde? Dime algo a mi número de móvil, lo antes posible. Un beso.
Sara es mi compañera de mesa.. Cuando llegué el primer día a clase, la tutora nos distribuyó de esa forma. Tercera fila, a la derecha. Un poco lejos de la pizarra, para mi miopía. Las cosas se me hacían más fácil con ella a mi lado. Cuando no entendía algo de la explicación del profesor, ella atendía a mi duda, y la resolvía sin problemas. Es muy inteligente. O por lo menos a mí me lo parece. Sus notas lo dicen; todo sobresaliente.
Quiere estudiar medicina. Seguro que se convertirá en una de las mejores. Por eso supongo que la tutora me había puesto a su lado. Una chica estudiosa, inteligente que presta atención en clase, que nunca se olvida de hacer el deber, y encima de las más guapas de clase. Aunque el tiempo que llevaba en el colegio, casi ningún tío le hacía caso. O al menos ella estaba un poco al margen en ese tema. Se parecía bastante a mí en eso. Si al final, iba a tener razón mi padre.
Voy hacia la habitación, cojo el móvil y escribo un sms:
Sara, acabo de leer tu correo electrónico. Perdona por no contestarte antes. ¿Dónde quieres que quedemos? Contesta rápido.
A la espera de su contestación, me da tiempo de quitarme el pijama que llevaba dos días con el puesto, a ducharme, y a ponerme un pantalón y una de las nuevas camisetas que me había comprado hace unos días.
Miro el teléfono: Nuevo mensaje recibido de Sara:
¿Te parece bien que quedemos en el bar de enfrente del colegio? ¿Sobre las cinco de la tarde, te va bien? Es que tengo que ir a comer fuera con mi madre, pero supongo que ya habré acabado a esas horas. Dime algo. Un beso.
Vale. Estaré allí a las cinco. Si por algún casual llegas tarde, avísame. Nos vemos luego. Un beso.
Había quedado con ella. El motivo, me desconcertaba. Pero me vendría bien salir de esta guarida. Sobretodo relajarme un poco contándole a alguien todos esos males de cabeza que me han inundado estos días.
De repente, entra mi padre por la puerta. Parecía bastante cansado.
- Álvaro, ¿Dónde están esas pizzas? Que vengo agotado, y no me iría mal comer un poco. Menuda mañana más ajetreada he pasado en el despacho.
- ¡Papa! – le digo mientras le doy un beso en la mejilla. ¿Hace frio ahí fuera no? Estas congelado. ¿Ajetreada? Cuéntame, porque yo también las he pasado canutas. Ni si quiera me ha dado tiempo a pedir las pizzas.
- ¿Y ahora qué hacemos? Bueno, son las dos y cuarto. ¿Quieres que bajemos al restaurante de la esquina, y me cuentas?
- Venga vale, ahora salgo.
- Voy a dejar las cosas- me dice mi padre mientras se aleja hacia su habitación.
Cojo la cartera, las llaves y una foto pequeña que guardaba en el primer cajón de mi mesita de noche. Una foto de mi hermana. Quería que Sara la conociese, aunque fuera en foto.
Es aterrador lo mal que lo está pasando por su hermana... pero es comprensible...
ResponderEliminarMe encantaría ver el punto de vista de su hermana en todo esto, sería fascinante.
Encima me da en la nariz que va a coincidir con Sara en el retaurante
=)