lunes, 20 de diciembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
Capítulo 4
Me siento débil, sin fuerzas. Sin encontrar sentido, ni dirección en el camino que llevábamos emprendido. Sin encontrar respuestas a preguntas que están consumiéndome. Necesito acudir a un recuerdo feliz, pero no se cual. Me invade la tristeza. Se apodera de mí. Hace que todo a mí alrededor sea tenue. El silencio resurge entre las paredes de mi habitación y habla por mí.
Lo más difícil, sin duda, lo tiene que pasar mi hermana. Y no se me quita de la cabeza, cómo estará en estos momentos, que estará pensando, o si de verdad asume su enfermedad, y todas las complicaciones que va a tener para superarlo.
Cada vez que me pongo en su lugar, me derrumbo. Empiezo a temblar. Los miedos y los nervios invaden mi cuerpo. Y ni si quiera saber con certeza que es lo que va a suceder mañana, me vuelve la persona más indefensa en este momento.
Debo hacer caso a mi padre, todo saldrá bien. Estaremos con ella. Lo superará. Pero si por las casualidades de la vida algo falla, habrán sido nuestros mejores momentos juntos. Los mejores momentos porque voy a intentar que sonría en cada milésima de segundo. Y que a pesar, de que son alrededor de cuatrocientos cincuenta kilómetros los que nos separan, le haré sentir que estoy junto a ella. Que no me separo de su vida, y que de una forma distinta vivo su día a día. Y sobre todo, no olvidarme de darle amor a su corazón, para que siga latiendo. Para que permanezca con vida.
Es sábado. Doce de la mañana. El desayuno está preparado en la mesa. Zumo de naranja, y tostadas de jamón serrano de Teruel, con tomate restregado y una pizca de sal. Junto a ellas, una nota en un post-it: “Que aproveche el desayuno, ha llamado la psicóloga, ya te contaré. Papá”.
Supongo que mi padre le habrá contado por qué estos dos últimos días no he asistido a clase. Así que bueno, el lunes hablaré con la tutora y le explicaré cuales han sido los motivos. Aunque quizá lo mejor hubiera sido haberla llamado, o enviarle un correo electrónico. – Me digo a mi mismo, cuando me pongo en la boca el último bocado de esa tostada tan deliciosa que me había dejado preparada mi padre.
Enciendo el ordenador. Pongo mi usuario y mi contraseña. La privacidad siempre es buena, que luego viene el cotilla de tu padre o el amigo tonto de turno y te chismea todo tu ordenador, y ve cosas que no tendría que haber visto.
Entro en mi correo. Bandeja de entrada: 1 mensaje nuevo. Clico con el botón derecho de aquel diminuto ratón. A mi sorpresa de que:
Sara, Asunto: ¿Por qué no has venido a clase?
Frunzo el ceño, sinónimo de mi preocupación. A lo que leo:
Ya sé que es un poco tarde, exactamente casi la una de la madrugada. Pero es que esta mañana ha venido la tutora a clase y nos ha dicho el motivo por el cual no habías venido. ¿Qué ha pasado Álvaro? ¿Te parece bien que lo hablemos mañana por la tarde? Dime algo a mi número de móvil, lo antes posible. Un beso.
Sara es mi compañera de mesa.. Cuando llegué el primer día a clase, la tutora nos distribuyó de esa forma. Tercera fila, a la derecha. Un poco lejos de la pizarra, para mi miopía. Las cosas se me hacían más fácil con ella a mi lado. Cuando no entendía algo de la explicación del profesor, ella atendía a mi duda, y la resolvía sin problemas. Es muy inteligente. O por lo menos a mí me lo parece. Sus notas lo dicen; todo sobresaliente.
Quiere estudiar medicina. Seguro que se convertirá en una de las mejores. Por eso supongo que la tutora me había puesto a su lado. Una chica estudiosa, inteligente que presta atención en clase, que nunca se olvida de hacer el deber, y encima de las más guapas de clase. Aunque el tiempo que llevaba en el colegio, casi ningún tío le hacía caso. O al menos ella estaba un poco al margen en ese tema. Se parecía bastante a mí en eso. Si al final, iba a tener razón mi padre.
Voy hacia la habitación, cojo el móvil y escribo un sms:
Sara, acabo de leer tu correo electrónico. Perdona por no contestarte antes. ¿Dónde quieres que quedemos? Contesta rápido.
A la espera de su contestación, me da tiempo de quitarme el pijama que llevaba dos días con el puesto, a ducharme, y a ponerme un pantalón y una de las nuevas camisetas que me había comprado hace unos días.
Miro el teléfono: Nuevo mensaje recibido de Sara:
¿Te parece bien que quedemos en el bar de enfrente del colegio? ¿Sobre las cinco de la tarde, te va bien? Es que tengo que ir a comer fuera con mi madre, pero supongo que ya habré acabado a esas horas. Dime algo. Un beso.
Vale. Estaré allí a las cinco. Si por algún casual llegas tarde, avísame. Nos vemos luego. Un beso.
Había quedado con ella. El motivo, me desconcertaba. Pero me vendría bien salir de esta guarida. Sobretodo relajarme un poco contándole a alguien todos esos males de cabeza que me han inundado estos días.
De repente, entra mi padre por la puerta. Parecía bastante cansado.
- Álvaro, ¿Dónde están esas pizzas? Que vengo agotado, y no me iría mal comer un poco. Menuda mañana más ajetreada he pasado en el despacho.
- ¡Papa! – le digo mientras le doy un beso en la mejilla. ¿Hace frio ahí fuera no? Estas congelado. ¿Ajetreada? Cuéntame, porque yo también las he pasado canutas. Ni si quiera me ha dado tiempo a pedir las pizzas.
- ¿Y ahora qué hacemos? Bueno, son las dos y cuarto. ¿Quieres que bajemos al restaurante de la esquina, y me cuentas?
- Venga vale, ahora salgo.
- Voy a dejar las cosas- me dice mi padre mientras se aleja hacia su habitación.
Cojo la cartera, las llaves y una foto pequeña que guardaba en el primer cajón de mi mesita de noche. Una foto de mi hermana. Quería que Sara la conociese, aunque fuera en foto.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Capítulo 3
Eran más de las cuatro de la mañana. Seguía sin poder dormirme. Y eso que estaba muy cansado, después de recorrer toda la ciudad en busca de ropa para combatir esta primavera tan calurosa.
La compra había ido fabulosa. Cuando mi padre y yo, hemos llegado a casa he estado más de treinta minutos arreglándome el armario, quitando etiqueta a etiqueta, con todo lo que me había comprado. En total habían sido casi cuatrocientos euros. Mi padre, que es muy derrochador. Aunque debo decir, que yo también tengo parte de culpa. Me fascina la ropa.
Deberías haber visto el armario, antes y después. Menuda diferencia. Estoy seguro que mucho de vosotros, os gustaría tener algo de mi armario. Tenia de todo. Y cuando digo de todo, me refiero hasta lo que no os compraríais ninguno, porque lo veis innecesario.
¿Por qué? ¿Por qué? Y ¿Por qué? – me pregunto todo el rato.
No puede ser. No está sucediendo. Es imposible. Pero si hace dos meses estaba la mar de bien. La veías y era un encanto de niña. La más guapa de su clase. La más feliz del mundo.
No puede ser- me vuelvo a decir. Así una y otra vez, revolviéndome de lado a lado en la cama, con la luz apagada.
Me levanto, le doy al interruptor. Y salgo de la habitación, sin pegar portazo. Mi padre estaba durmiendo en su habitación.
Voy a la cocina, abro el estante pero no encuentro los sobres de la tila. De repente, tras de mí se escucha una voz.
No están ahí hijo, en ese de ahí de la derecha. Coge dos, yo también quiero uno. No eres aquí el único que no puede dormir. Yo tampoco estoy pasando muy buena noche que digamos.
Cuatro y treinta y dos minutos marcaba el reloj del horno de la cocina.
- ¿Papá, por qué nos pasa esto? ¿Por qué la vida es tan cruel con nosotros? ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Cómo voy a ir yo mañana al colegio, sin apenas dormir? ¿Tan difícil es que nos pase algo bueno? – le pregunto mientras pongo a calentar el agua caliente en el microondas.
- Veras hijo, en este tipo de cosas, es mejor aceptarlas y verle la cara positiva. Sí, es jodido. Pero seguiremos adelante, créeme. Tu hermana, es muy fuerte. Siempre ha sido una niña que se ha dado cuenta de las cosas. Muy luchadora. Y tenemos que tener fe en ella. Tenemos que estar juntos más que nunca. Apoyarle. Y de alguna manera o de otra, aunque estemos ahora lejos de ella, hacerle ver que estamos con ella. Y transmitirle confianza y seguridad. Estoy seguro que cariño no le faltará. Para eso está tu madre con ella.
- Sí, he podido hablar con ella. Y estaba como si nada. Parece mentira. La mente de esa niña es un escondite de fortaleza. Ojalá, papá, ojalá.
- Hijo, podremos con esto y con más. – me dice mientras me da un abrazo.
- Se me caen las lágrimas. – En este momento, sentía cómo mi padre estaba a mi lado más que nunca. Intentando hacerme ver, que dentro de lo que cabía, pese a ser malas noticias las que me había dado mi madre poco antes de media noche, con su llamada, teníamos que hacer frente a este sobresalto que nos había dado la vida. Por lo menos para mí.
Ambos, sentados en la mesa de la cocina. Revolviendo la cucharilla de la taza de tila. Dando vueltas. Una, dos, tres. Y así continuamente. Dándole vueltas al problema. Intentándolo hacer desaparecer.
- Ojalá fuera fácil – le digo sin dejar de remover la taza, y sin levantar la mirada.
- Si fueras tu hermana, como querrías que se tomase la noticia tu familia: ¿Maldiciendo cada rincón de este planeta? ¿Lamentándose?
- No papa. Me gustaría verlos que no me dejan de lado. Que hacen como si no sucediera nada. Como si nada entre nosotros hubiera cambiado. Más cerca que nunca. Todos juntos. Sin dejarle de dar, por una parte, importancia. Pero haciéndolo que todo parezca mas fácil. Mirando la parte positiva al problema, a la enfermedad. Haciendo caso a cada palabra de los médicos. A hacerle parecer que nosotros también somos ella. Formamos parte de ella. Y que luchar, lucharemos todos. Haciéndole ver, que aunque sea duro. El seguir adelante merece la pena. Y aunque el tiempo, nos de estos reveses. Y a pesar de todo lo que ha sucedido durante este último año, todavía queda algo que nos une. Porque es tu hija, es mi hermana. Y a su lado está mi madre, la que fue esposa tuya durante tantos años, a la que quisiste tantos días de tu vida, y todos los momentos que has compartido. Al fin y al cabo, el problema es el tiempo que nos queda. Y estoy seguro que por tu hija, dejarás los problemas que has tenido con mama, aunque sea para facilitarle las cosas a ella. Pero es por el bien de todos. Y sí, yo como hermano, voy a estar con ella. No quiero verla marchar. Aún quedan años de vida por delante. Aún queda tiempo. Momentos que compartir con ella. Y enseñarle a sonreír a la vida. – le digo entre lagrimas y sollozos.
Mi padre empieza a llorar. Me coge la mano, y me dice:
- Pues sí, hijo. No nos queda otra. Y yo no voy a abandonar esta batalla. Ni ella, ni tu madre, ni tú. Y ahora, vete a la cama. Mañana puedes quedarte en casa si quieres. Aunque yo tengo que irme a trabajar. Volveré a la hora de comer. Si quieres pide unas pizzas. En la nevera está el número en un imán.
- Gracias papa. Por escucharme, y por hacerme sentir parte de esto.
- No olvides que tú también eres mi hijo, y también quiero lo mejor para ti.
Le doy otro abrazo, y me marcho a la cama.
Me tumbo boca arriba, apago la luz. Me seco las lágrimas con la almohada, y cierro los ojos. Junto las manos, y rezo. Rezo por mi hermana. Déjame disfrutar un poco mas de ella. No te la lleves todavía. Estaremos todos a su lado. Prométeme que se curará de la Leucemia.
…
Me quedo dormido.
martes, 9 de noviembre de 2010
Capítulo 2
Las dos de la tarde. Miro el timbre, en busca de mi apellido. Después de recorrer con la mirada cada uno de ellos, lo encuentro. Séptimo A, del portal trece. Justo al lado, una frutería. Con el cartel de; 1 Kg de fresas 3€. Apetitosas, en estas fechas. En la acera de en frente, una tienda de ropa. Al parecer, a la última moda. O eso ponía en el escaparate, junto al letrero de rebajas. Seguro que en su interior había algún que otro dependiente, dispuestos a ponerte su mejor sonrisa para conquistarte y que te llevases algo de esa tienda. En mi cartera, un billete de diez euros. Y un poco de suelto, que me había sobrado tras la compra de mi almuerzo. Un bocadillo de atún con olivas. Pan del día, crujiente, delicioso. En mi paladar había un estallido de gustos, junto al sabroso cholec de chocolate. Eso sí, mis piernas se encontraban a las mínimas de energía. Eso de recorrer cuatro manzanas, y equivocarte dos veces de bocacalle, había pasado factura.
Llamo. El ruido que en ese instante llega a mis oídos, despega un reflejo de mi brazo contra la pared, que puedo llegar a controlar. Si no llego a ser por eso, adiós timbre. En ese momento, me dije: Tendría que haberlo escacharrado. Sólo de imaginar que todas las veces que vuelva a llamar, tendré que escuchar ese “fantástico” ruido, me ponía de los nervios.
- -¿Quién es?
- Buenas tardes señor. ¿Ahí lavan ropa?
- ¿Cómo que si lavan ropa?
- Va, papá abre, que soy yo.
- A buenas horas, venga sube que ya está preparada la mesa.
Séptimo piso. Entro y cierro el portal a mis espaldas. Al fondo a la derecha, el ascensor. No funciona. Vaya por Dios. ¿Hoy todas las cosas se han puesto en contra mía? – Grito que hace eco por el rellano de la escalera.
Siete pisos, subiéndolos a peldaño a peldaño. Un trayecto demasiado largo. Aunque un poco útil, para hacer un poco de deporte, y llegar con más hambre de la que tenia a casa. Me comería un hipopótamo en estos instantes. Llego y abro la puerta que me conduce al rellano de un piso más arriba del sexto, y un piso más abajo del octavo. Que en este edificio, era el Ático. Papá está en la puerta, esperándome:
- Hola.
Está emocionado y me abraza con fuerza.
- Casi me ahogas –le digo con el poco aire que me queda, después de un pequeño empujón.
- Entonces, ¿Cómo te ha ido el primer día de colegio?
- Bien. Le contesto acompañado de un resoplido.
Me mira, pone cara de anonadado. Cierra la puerta de casa, y tras unos segundos de espera me pregunta:
- ¿Cómo que bien? ¿eso es todo?
- Sí, papa. ¿Qué quieres que te diga?
- Pues cómo son tus nuevos compañeros, cómo son tus profesores. O incluso si has conocido a alguna chica guapa ya…
- Vale, pues una autentica basura. Los profesores unos pesados, diciendo todo el rato lo mismo, y los compañeros son unos mocosos, que sólo quieren hablar de fútbol y de las “tías buenas” de clase.
Ambos nos sentamos en la mesa del comedor dónde está la comida que había preparado mi padre. Tenía una pinta deliciosa. Se le daba bien cocinar. De primero había ensalada mediterránea acompañada de unas tostadas de pan integral con pate y otras de jamón serrano y tomate. De segundo había preparado unos espaguetis a la carbonara. Sabe que son una de mis debilidades.
Pronto seguido, estaba sirviendo agua, y me vuelve a preguntar;
- ¿Y las chicas? ¿Qué me dices de las chicas?
- Pues todas muy feas. Creo que ninguna se salva.
- Va, no digas tonterías. Eso es que no te has fijado bien. Ya verás cómo dentro de un tiempo, habrá alguna que te hará “tilín”.
Eso seguro que lo ha dicho pensando en su juventud. Que la disfrutó a base de bien, según nos contaba mi madre a mi hermana y a mí los sábados noche que nos quedábamos en casa.
- Lo dudo, papa. Ahora ya sabes que me quiero centrar en otras cosas. Me espera un año bastante duro, con cambios en muchas cosas, y me tengo que acomodar a todo. Espero que me des tu ayuda, si la necesito. AH! Por cierto, la psicóloga, la psicóloga. Esa mujer sí que es guapa.
- ¿También hay psicóloga en el colegio?
- Sí. Le contesto un poco más cómodo y tranquilo, después de haber terminado el postre. Fresas con nata, deliciosas y de temporada. Me tumbo en el sofá y vuelvo a reanudar la conversación:
- En el que iba antes también había. Aunque bueno, tú antes te enterabas de pocas cosas de mi vida. Sólo te dedicabas a trabajar, y más trabajar. Y a salir de copas los fines de semana con los amigos, en vez de estar con tu familia en casa. Además, Marta, que así se llama la psicóloga, me ha dicho que quería tener una charla conmigo, y que le gustaría que tú también estuvieras presente.
- ¿Cómo está eso? ¿Te dijo que yo también tenía que asistir? Si estoy hasta arriba de trabajo. Vaya por dios- suspira levemente.
- Sí, me dijo algo como:
-“Me gustaría también que asistiera tu padre, ya que así puedo contrastar dos versiones diferentes de la historia, y que vuestra relación mejore”. Le he dado tu número de teléfono, y te llamará a lo largo de la semana para concretar una cita.
- Aunque debo confesarte que, antes le he dicho mil veces, que no y que no. Que yo no quería que vinieras. Y es que, aunque ahora Álvaro ya haya superado la separación de sus padres, todavía le tenía un poco de rencor a su padre por todo aquello. Eran cómo unos enemigos íntimos sin perdonarse, pero que en el fondo sabían que algún día se arreglarían las cosas. Y se tendrían como padre a hijo, y como hijo a padre.
- Pues espero la llamada con ansia, y te avisaré, ¿vale?
- Vale papa, me voy a la habitación a dejar las cosas, a pegarme una ducha y a leer un poco. – le digo mientras me pongo de camino a la habitación.
- Por cierto, espera. Ha llamado tu madre, que quería hablar contigo para preguntarte cómo te había ido tu primer día. Y para contarte que tal está Ana. – con una media sonrisa, y con algo de preocupación.
Algo esconde.
- ¿Cómo esta? ¿Está mejor? ¿le han ido bien las pruebas, no? –En cuanto salga de la ducha, le llamo. ¿Dónde está el teléfono de casa inalámbrico?
- Ahí, junto al sofá. Va ves, corre. ¡Que me desesperas!
Cambio de dirección, y estaba cruzando el estrecho pasillo que iba desde las habitaciones al comedor. Antes una puerta, con una bonita cristalera. Con algo de polvo, por cierto.
-Estos cristales necesitan una limpieza, se nota que lo de limpiar no es lo tuyo. –Le digo con un tono despampanante.
-Sí, de veras que no es lo mío. Mañana viene Cristina a limpiar y esas cosas. Ya te la presentaré. Es muy maja.
Me siento en el sofá rojo. Bastante cómodo. Con varios cojines, que por más que los estrujabas volvían a coger forma. Cojo el teléfono. De marca Philips, y sin batería. Vaya.
Lo pongo en el cargador, que estaba en la mesa de centro. Junto al periódico, y un jarrón con dos rosas. De cristal, claro.
Recuerdo esas dos rosas. Eran de nuestro piso. Bueno, del piso de mi mama. Creo que es lo único que había aquí de aquel piso. Aparte del olor a tabaco.
El teléfono ya tenía suficiente batería para poder hacer una llamada. Aunque teniendo en cuenta que me iba a duchar, y después a arreglar un poco la habitación, pensé que era mejor dejar la llamada para después. Si fuera tan urgente, mi padre me lo hubiera contado. ¿No?
Me quito las zapatillas. Después los calcetines. Y seguido, un par de borrillas negras de los dedos de los pies. Y ando en dirección a mi habitación. Me encanta la sensación de ir descalzo por casa, aunque luego trae consecuencias. Me refiero a llevar los pies negros como el carbón. Y sí, en el trayecto que no había durado ni dos minutos, mis pies parecía haber sufrido algún tipo de enfermedad cianótica. Estaban asquerosos. Se nota que era verdad que lo de limpiar a mi padre no le iba mucho.
Mi habitación es pequeña pero acogedora. Una ventana en el fondo iluminaba aquellas cuatro paredes cada mañana. Esto hacia mas distraído mi despertar. Justo debajo, mi escritorio. Un poco desordenado. También necesitaba una limpieza. Había en él, un par de libros a mitad de leer, un cuadernillo de tomar notas para mis momentos de distracción, y una agenda en la que me apuntaba las cosas que tengo y no tengo que hacer.
En una de las esquinas de la mesa de escritorio, reposaba un marco de foto. En él, una foto de mi madre junto a mi hermana. Están sonriendo. Me acuerdo que a mi hermana le encanta cuando antes de hacer una foto la gente dice: “patata”. – Las echaba mucho de menos.
A la izquierda una estantería de blanca. Parecía que en cualquier momento se iba a venir abajo aquella estructura. Inclinada como la torre de Pisa, hacia un gran esfuerzo para mantenerse en esa posición. Está repleta de libros. Podría decir que cientos, y no es exagerar. Son todos de mi padre. De cuando iba a la universidad. Y algún que otro libro clásico, como el quijote. A mí padre le encantaba contar las batallitas de Don quijote y Sancho Panza. Está igual de loco que ellos. Creo que un tanto más. Podría ser perfectamente protagonista de esta obra en el teatro. De veras. Bordaría el papel.
A la derecha del escritorio, mi querida y apreciada cama. La dueña de mis descansos, de a veces mis malos ratos. O la que es cómplice de mis pesadillas. Con las sabanas del color y el escudo de mi equipo. 1,20 por 0,80. Lo suficiente para poder soñar cada noche. Encima de ella, y colgado de la pared, un cuadro. Mi cuadro. Recuerdo perfectamente el día que me hice con él. Y desde ese día, no se ha separado ni un solo instante de mí.
Es una imagen de Madrid. Exactamente un pequeño bosque. Se pueden diferenciar; olivos y cipreses. Un chico y una chica, cogidos de la mano forman una pareja de amor que convierte todo aquello en algo todavía más mágico. Aunque si nos fijamos en el banco de madera antigua solitario que hay al fondo de la imagen, nos hace pensar en un futuro o un pasado más amargo.
Cuantas más veces lo miraba, menos entendía su significado. Me gustaría saber qué es lo que realmente quiso interpretar su autor con aquella magnifica combinación de colores. Aunque, lo única respuesta que he encontrado hasta ahora, ha sido la que me dijo cuando se lo compré: “Algún día entenderás, que con los ojos abiertos o a plena luz del día no puedes ver el significado en esencia de las cosas”
Sigo sin entenderlo, me dije a mi mismo al apartar la mirada de nuevo. Al otro lado, el armario empotrado. Con un color canela, y a semitonos más oscuros. Abro la puerta, y está completamente vacío.
- ¡Papá! El armario está pidiendo una renovación. Está empezando a hacer calor. Se va notando la primavera. Y escaseo de ropa. Creo que deberíamos ir a comprar esta misma tarde, no quiero pasar toda la semana llevando los mismos pantalones, y cambiándome la camiseta cada dos días. Le digo con un grito que atravesó todas las paredes.
- ¿Me has escuchado? – vuelvo a preguntar.
- Sí, hijo sí, ya estoy aquí. A ver, cuéntame que pasa.
- Pues nada, eso. Que no tengo casi camisetas de manga corta y está empezando a hacer calor. Y pantalones cortos, no me he traído ninguno. Y necesito.
- ¿Y a santo de que no te has traído toda la ropa?
- Pues pensé que renovar un poco, me iría bien. Espero que no te sepa mal.
- No, no. No me sabe mal, pero algo más si que te podrías haber traído. Tu armario, me da bastante lastima. Y sí, esta misma tarde iremos a comprar. Así mañana estrenas modelito, y las chicas se fijan más en ti. – y acaba con una carcajada.
- No me hace gracia, papa. Bueno, sal de la habitación que voy a terminar de desvestirme. Necesito una ducha.
- Y que lo digas. Y comprar desodorante también. Así normal que no se te acerque ninguna. – vuelve a soltar una carcajada.
Le doy un empujón, y cierro la puerta mientras me dice; vale, vale, ya me voy, ya me voy.
Me desvisto, cojo una toalla. Y voy al baño. Está junto a mi habitación. Bastante amplio. Y con un olor peculiar. Bastante agradable para ser sensato. Ambientador de spa.
Agua fría, que en unos instantes empapa mi cuerpo. Este, se acomoda a la temperatura, y ya va pareciendo más cálida. Me embadurno bien de jabón. Y luego me enjuago. Hace frio. Enseguida me tapo con la toalla que había dejado encima del bidet. El espejo está empañado. Y no se me ocurre hacer otra cosa, que con mi dedo índice escribir en él. Salgo por la puerta del cuarto de baño. Mis zapatillas de” ir por casa” hacían bastante ruido. Estaba arrastrando los pies. Estaba muy cansado de mi primer día de colegio. Completamente agotado.
Me tumbo en la cama. Me seco y me pongo los calcetines. Me quito la toalla y la dejo encima de la cama. Cojo el pijama que está debajo de la almohada. Me visto y cojo el teléfono inalámbrico. Marco el número de teléfono. 96…
No lo coge nadie.
Vuelvo a intentarlo. 96…
No lo coge nadie.