Las dos de la tarde. Miro el timbre, en busca de mi apellido. Después de recorrer con la mirada cada uno de ellos, lo encuentro. Séptimo A, del portal trece. Justo al lado, una frutería. Con el cartel de; 1 Kg de fresas 3€. Apetitosas, en estas fechas. En la acera de en frente, una tienda de ropa. Al parecer, a la última moda. O eso ponía en el escaparate, junto al letrero de rebajas. Seguro que en su interior había algún que otro dependiente, dispuestos a ponerte su mejor sonrisa para conquistarte y que te llevases algo de esa tienda. En mi cartera, un billete de diez euros. Y un poco de suelto, que me había sobrado tras la compra de mi almuerzo. Un bocadillo de atún con olivas. Pan del día, crujiente, delicioso. En mi paladar había un estallido de gustos, junto al sabroso cholec de chocolate. Eso sí, mis piernas se encontraban a las mínimas de energía. Eso de recorrer cuatro manzanas, y equivocarte dos veces de bocacalle, había pasado factura.
Llamo. El ruido que en ese instante llega a mis oídos, despega un reflejo de mi brazo contra la pared, que puedo llegar a controlar. Si no llego a ser por eso, adiós timbre. En ese momento, me dije: Tendría que haberlo escacharrado. Sólo de imaginar que todas las veces que vuelva a llamar, tendré que escuchar ese “fantástico” ruido, me ponía de los nervios.
- -¿Quién es?
- Buenas tardes señor. ¿Ahí lavan ropa?
- ¿Cómo que si lavan ropa?
- Va, papá abre, que soy yo.
- A buenas horas, venga sube que ya está preparada la mesa.
Séptimo piso. Entro y cierro el portal a mis espaldas. Al fondo a la derecha, el ascensor. No funciona. Vaya por Dios. ¿Hoy todas las cosas se han puesto en contra mía? – Grito que hace eco por el rellano de la escalera.
Siete pisos, subiéndolos a peldaño a peldaño. Un trayecto demasiado largo. Aunque un poco útil, para hacer un poco de deporte, y llegar con más hambre de la que tenia a casa. Me comería un hipopótamo en estos instantes. Llego y abro la puerta que me conduce al rellano de un piso más arriba del sexto, y un piso más abajo del octavo. Que en este edificio, era el Ático. Papá está en la puerta, esperándome:
- Hola.
Está emocionado y me abraza con fuerza.
- Casi me ahogas –le digo con el poco aire que me queda, después de un pequeño empujón.
- Entonces, ¿Cómo te ha ido el primer día de colegio?
- Bien. Le contesto acompañado de un resoplido.
Me mira, pone cara de anonadado. Cierra la puerta de casa, y tras unos segundos de espera me pregunta:
- ¿Cómo que bien? ¿eso es todo?
- Sí, papa. ¿Qué quieres que te diga?
- Pues cómo son tus nuevos compañeros, cómo son tus profesores. O incluso si has conocido a alguna chica guapa ya…
- Vale, pues una autentica basura. Los profesores unos pesados, diciendo todo el rato lo mismo, y los compañeros son unos mocosos, que sólo quieren hablar de fútbol y de las “tías buenas” de clase.
Ambos nos sentamos en la mesa del comedor dónde está la comida que había preparado mi padre. Tenía una pinta deliciosa. Se le daba bien cocinar. De primero había ensalada mediterránea acompañada de unas tostadas de pan integral con pate y otras de jamón serrano y tomate. De segundo había preparado unos espaguetis a la carbonara. Sabe que son una de mis debilidades.
Pronto seguido, estaba sirviendo agua, y me vuelve a preguntar;
- ¿Y las chicas? ¿Qué me dices de las chicas?
- Pues todas muy feas. Creo que ninguna se salva.
- Va, no digas tonterías. Eso es que no te has fijado bien. Ya verás cómo dentro de un tiempo, habrá alguna que te hará “tilín”.
Eso seguro que lo ha dicho pensando en su juventud. Que la disfrutó a base de bien, según nos contaba mi madre a mi hermana y a mí los sábados noche que nos quedábamos en casa.
- Lo dudo, papa. Ahora ya sabes que me quiero centrar en otras cosas. Me espera un año bastante duro, con cambios en muchas cosas, y me tengo que acomodar a todo. Espero que me des tu ayuda, si la necesito. AH! Por cierto, la psicóloga, la psicóloga. Esa mujer sí que es guapa.
- ¿También hay psicóloga en el colegio?
- Sí. Le contesto un poco más cómodo y tranquilo, después de haber terminado el postre. Fresas con nata, deliciosas y de temporada. Me tumbo en el sofá y vuelvo a reanudar la conversación:
- En el que iba antes también había. Aunque bueno, tú antes te enterabas de pocas cosas de mi vida. Sólo te dedicabas a trabajar, y más trabajar. Y a salir de copas los fines de semana con los amigos, en vez de estar con tu familia en casa. Además, Marta, que así se llama la psicóloga, me ha dicho que quería tener una charla conmigo, y que le gustaría que tú también estuvieras presente.
- ¿Cómo está eso? ¿Te dijo que yo también tenía que asistir? Si estoy hasta arriba de trabajo. Vaya por dios- suspira levemente.
- Sí, me dijo algo como:
-“Me gustaría también que asistiera tu padre, ya que así puedo contrastar dos versiones diferentes de la historia, y que vuestra relación mejore”. Le he dado tu número de teléfono, y te llamará a lo largo de la semana para concretar una cita.
- Aunque debo confesarte que, antes le he dicho mil veces, que no y que no. Que yo no quería que vinieras. Y es que, aunque ahora Álvaro ya haya superado la separación de sus padres, todavía le tenía un poco de rencor a su padre por todo aquello. Eran cómo unos enemigos íntimos sin perdonarse, pero que en el fondo sabían que algún día se arreglarían las cosas. Y se tendrían como padre a hijo, y como hijo a padre.
- Pues espero la llamada con ansia, y te avisaré, ¿vale?
- Vale papa, me voy a la habitación a dejar las cosas, a pegarme una ducha y a leer un poco. – le digo mientras me pongo de camino a la habitación.
- Por cierto, espera. Ha llamado tu madre, que quería hablar contigo para preguntarte cómo te había ido tu primer día. Y para contarte que tal está Ana. – con una media sonrisa, y con algo de preocupación.
Algo esconde.
- ¿Cómo esta? ¿Está mejor? ¿le han ido bien las pruebas, no? –En cuanto salga de la ducha, le llamo. ¿Dónde está el teléfono de casa inalámbrico?
- Ahí, junto al sofá. Va ves, corre. ¡Que me desesperas!
Cambio de dirección, y estaba cruzando el estrecho pasillo que iba desde las habitaciones al comedor. Antes una puerta, con una bonita cristalera. Con algo de polvo, por cierto.
-Estos cristales necesitan una limpieza, se nota que lo de limpiar no es lo tuyo. –Le digo con un tono despampanante.
-Sí, de veras que no es lo mío. Mañana viene Cristina a limpiar y esas cosas. Ya te la presentaré. Es muy maja.
Me siento en el sofá rojo. Bastante cómodo. Con varios cojines, que por más que los estrujabas volvían a coger forma. Cojo el teléfono. De marca Philips, y sin batería. Vaya.
Lo pongo en el cargador, que estaba en la mesa de centro. Junto al periódico, y un jarrón con dos rosas. De cristal, claro.
Recuerdo esas dos rosas. Eran de nuestro piso. Bueno, del piso de mi mama. Creo que es lo único que había aquí de aquel piso. Aparte del olor a tabaco.
El teléfono ya tenía suficiente batería para poder hacer una llamada. Aunque teniendo en cuenta que me iba a duchar, y después a arreglar un poco la habitación, pensé que era mejor dejar la llamada para después. Si fuera tan urgente, mi padre me lo hubiera contado. ¿No?
Me quito las zapatillas. Después los calcetines. Y seguido, un par de borrillas negras de los dedos de los pies. Y ando en dirección a mi habitación. Me encanta la sensación de ir descalzo por casa, aunque luego trae consecuencias. Me refiero a llevar los pies negros como el carbón. Y sí, en el trayecto que no había durado ni dos minutos, mis pies parecía haber sufrido algún tipo de enfermedad cianótica. Estaban asquerosos. Se nota que era verdad que lo de limpiar a mi padre no le iba mucho.
Mi habitación es pequeña pero acogedora. Una ventana en el fondo iluminaba aquellas cuatro paredes cada mañana. Esto hacia mas distraído mi despertar. Justo debajo, mi escritorio. Un poco desordenado. También necesitaba una limpieza. Había en él, un par de libros a mitad de leer, un cuadernillo de tomar notas para mis momentos de distracción, y una agenda en la que me apuntaba las cosas que tengo y no tengo que hacer.
En una de las esquinas de la mesa de escritorio, reposaba un marco de foto. En él, una foto de mi madre junto a mi hermana. Están sonriendo. Me acuerdo que a mi hermana le encanta cuando antes de hacer una foto la gente dice: “patata”. – Las echaba mucho de menos.
A la izquierda una estantería de blanca. Parecía que en cualquier momento se iba a venir abajo aquella estructura. Inclinada como la torre de Pisa, hacia un gran esfuerzo para mantenerse en esa posición. Está repleta de libros. Podría decir que cientos, y no es exagerar. Son todos de mi padre. De cuando iba a la universidad. Y algún que otro libro clásico, como el quijote. A mí padre le encantaba contar las batallitas de Don quijote y Sancho Panza. Está igual de loco que ellos. Creo que un tanto más. Podría ser perfectamente protagonista de esta obra en el teatro. De veras. Bordaría el papel.
A la derecha del escritorio, mi querida y apreciada cama. La dueña de mis descansos, de a veces mis malos ratos. O la que es cómplice de mis pesadillas. Con las sabanas del color y el escudo de mi equipo. 1,20 por 0,80. Lo suficiente para poder soñar cada noche. Encima de ella, y colgado de la pared, un cuadro. Mi cuadro. Recuerdo perfectamente el día que me hice con él. Y desde ese día, no se ha separado ni un solo instante de mí.
Es una imagen de Madrid. Exactamente un pequeño bosque. Se pueden diferenciar; olivos y cipreses. Un chico y una chica, cogidos de la mano forman una pareja de amor que convierte todo aquello en algo todavía más mágico. Aunque si nos fijamos en el banco de madera antigua solitario que hay al fondo de la imagen, nos hace pensar en un futuro o un pasado más amargo.
Cuantas más veces lo miraba, menos entendía su significado. Me gustaría saber qué es lo que realmente quiso interpretar su autor con aquella magnifica combinación de colores. Aunque, lo única respuesta que he encontrado hasta ahora, ha sido la que me dijo cuando se lo compré: “Algún día entenderás, que con los ojos abiertos o a plena luz del día no puedes ver el significado en esencia de las cosas”
Sigo sin entenderlo, me dije a mi mismo al apartar la mirada de nuevo. Al otro lado, el armario empotrado. Con un color canela, y a semitonos más oscuros. Abro la puerta, y está completamente vacío.
- ¡Papá! El armario está pidiendo una renovación. Está empezando a hacer calor. Se va notando la primavera. Y escaseo de ropa. Creo que deberíamos ir a comprar esta misma tarde, no quiero pasar toda la semana llevando los mismos pantalones, y cambiándome la camiseta cada dos días. Le digo con un grito que atravesó todas las paredes.
- ¿Me has escuchado? – vuelvo a preguntar.
- Sí, hijo sí, ya estoy aquí. A ver, cuéntame que pasa.
- Pues nada, eso. Que no tengo casi camisetas de manga corta y está empezando a hacer calor. Y pantalones cortos, no me he traído ninguno. Y necesito.
- ¿Y a santo de que no te has traído toda la ropa?
- Pues pensé que renovar un poco, me iría bien. Espero que no te sepa mal.
- No, no. No me sabe mal, pero algo más si que te podrías haber traído. Tu armario, me da bastante lastima. Y sí, esta misma tarde iremos a comprar. Así mañana estrenas modelito, y las chicas se fijan más en ti. – y acaba con una carcajada.
- No me hace gracia, papa. Bueno, sal de la habitación que voy a terminar de desvestirme. Necesito una ducha.
- Y que lo digas. Y comprar desodorante también. Así normal que no se te acerque ninguna. – vuelve a soltar una carcajada.
Le doy un empujón, y cierro la puerta mientras me dice; vale, vale, ya me voy, ya me voy.
Me desvisto, cojo una toalla. Y voy al baño. Está junto a mi habitación. Bastante amplio. Y con un olor peculiar. Bastante agradable para ser sensato. Ambientador de spa.
Agua fría, que en unos instantes empapa mi cuerpo. Este, se acomoda a la temperatura, y ya va pareciendo más cálida. Me embadurno bien de jabón. Y luego me enjuago. Hace frio. Enseguida me tapo con la toalla que había dejado encima del bidet. El espejo está empañado. Y no se me ocurre hacer otra cosa, que con mi dedo índice escribir en él. Salgo por la puerta del cuarto de baño. Mis zapatillas de” ir por casa” hacían bastante ruido. Estaba arrastrando los pies. Estaba muy cansado de mi primer día de colegio. Completamente agotado.
Me tumbo en la cama. Me seco y me pongo los calcetines. Me quito la toalla y la dejo encima de la cama. Cojo el pijama que está debajo de la almohada. Me visto y cojo el teléfono inalámbrico. Marco el número de teléfono. 96…
No lo coge nadie.
Vuelvo a intentarlo. 96…
No lo coge nadie.