Eran más de las cuatro de la mañana. Seguía sin poder dormirme. Y eso que estaba muy cansado, después de recorrer toda la ciudad en busca de ropa para combatir esta primavera tan calurosa.
La compra había ido fabulosa. Cuando mi padre y yo, hemos llegado a casa he estado más de treinta minutos arreglándome el armario, quitando etiqueta a etiqueta, con todo lo que me había comprado. En total habían sido casi cuatrocientos euros. Mi padre, que es muy derrochador. Aunque debo decir, que yo también tengo parte de culpa. Me fascina la ropa.
Deberías haber visto el armario, antes y después. Menuda diferencia. Estoy seguro que mucho de vosotros, os gustaría tener algo de mi armario. Tenia de todo. Y cuando digo de todo, me refiero hasta lo que no os compraríais ninguno, porque lo veis innecesario.
¿Por qué? ¿Por qué? Y ¿Por qué? – me pregunto todo el rato.
No puede ser. No está sucediendo. Es imposible. Pero si hace dos meses estaba la mar de bien. La veías y era un encanto de niña. La más guapa de su clase. La más feliz del mundo.
No puede ser- me vuelvo a decir. Así una y otra vez, revolviéndome de lado a lado en la cama, con la luz apagada.
Me levanto, le doy al interruptor. Y salgo de la habitación, sin pegar portazo. Mi padre estaba durmiendo en su habitación.
Voy a la cocina, abro el estante pero no encuentro los sobres de la tila. De repente, tras de mí se escucha una voz.
No están ahí hijo, en ese de ahí de la derecha. Coge dos, yo también quiero uno. No eres aquí el único que no puede dormir. Yo tampoco estoy pasando muy buena noche que digamos.
Cuatro y treinta y dos minutos marcaba el reloj del horno de la cocina.
- ¿Papá, por qué nos pasa esto? ¿Por qué la vida es tan cruel con nosotros? ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Cómo voy a ir yo mañana al colegio, sin apenas dormir? ¿Tan difícil es que nos pase algo bueno? – le pregunto mientras pongo a calentar el agua caliente en el microondas.
- Veras hijo, en este tipo de cosas, es mejor aceptarlas y verle la cara positiva. Sí, es jodido. Pero seguiremos adelante, créeme. Tu hermana, es muy fuerte. Siempre ha sido una niña que se ha dado cuenta de las cosas. Muy luchadora. Y tenemos que tener fe en ella. Tenemos que estar juntos más que nunca. Apoyarle. Y de alguna manera o de otra, aunque estemos ahora lejos de ella, hacerle ver que estamos con ella. Y transmitirle confianza y seguridad. Estoy seguro que cariño no le faltará. Para eso está tu madre con ella.
- Sí, he podido hablar con ella. Y estaba como si nada. Parece mentira. La mente de esa niña es un escondite de fortaleza. Ojalá, papá, ojalá.
- Hijo, podremos con esto y con más. – me dice mientras me da un abrazo.
- Se me caen las lágrimas. – En este momento, sentía cómo mi padre estaba a mi lado más que nunca. Intentando hacerme ver, que dentro de lo que cabía, pese a ser malas noticias las que me había dado mi madre poco antes de media noche, con su llamada, teníamos que hacer frente a este sobresalto que nos había dado la vida. Por lo menos para mí.
Ambos, sentados en la mesa de la cocina. Revolviendo la cucharilla de la taza de tila. Dando vueltas. Una, dos, tres. Y así continuamente. Dándole vueltas al problema. Intentándolo hacer desaparecer.
- Ojalá fuera fácil – le digo sin dejar de remover la taza, y sin levantar la mirada.
- Si fueras tu hermana, como querrías que se tomase la noticia tu familia: ¿Maldiciendo cada rincón de este planeta? ¿Lamentándose?
- No papa. Me gustaría verlos que no me dejan de lado. Que hacen como si no sucediera nada. Como si nada entre nosotros hubiera cambiado. Más cerca que nunca. Todos juntos. Sin dejarle de dar, por una parte, importancia. Pero haciéndolo que todo parezca mas fácil. Mirando la parte positiva al problema, a la enfermedad. Haciendo caso a cada palabra de los médicos. A hacerle parecer que nosotros también somos ella. Formamos parte de ella. Y que luchar, lucharemos todos. Haciéndole ver, que aunque sea duro. El seguir adelante merece la pena. Y aunque el tiempo, nos de estos reveses. Y a pesar de todo lo que ha sucedido durante este último año, todavía queda algo que nos une. Porque es tu hija, es mi hermana. Y a su lado está mi madre, la que fue esposa tuya durante tantos años, a la que quisiste tantos días de tu vida, y todos los momentos que has compartido. Al fin y al cabo, el problema es el tiempo que nos queda. Y estoy seguro que por tu hija, dejarás los problemas que has tenido con mama, aunque sea para facilitarle las cosas a ella. Pero es por el bien de todos. Y sí, yo como hermano, voy a estar con ella. No quiero verla marchar. Aún quedan años de vida por delante. Aún queda tiempo. Momentos que compartir con ella. Y enseñarle a sonreír a la vida. – le digo entre lagrimas y sollozos.
Mi padre empieza a llorar. Me coge la mano, y me dice:
- Pues sí, hijo. No nos queda otra. Y yo no voy a abandonar esta batalla. Ni ella, ni tu madre, ni tú. Y ahora, vete a la cama. Mañana puedes quedarte en casa si quieres. Aunque yo tengo que irme a trabajar. Volveré a la hora de comer. Si quieres pide unas pizzas. En la nevera está el número en un imán.
- Gracias papa. Por escucharme, y por hacerme sentir parte de esto.
- No olvides que tú también eres mi hijo, y también quiero lo mejor para ti.
Le doy otro abrazo, y me marcho a la cama.
Me tumbo boca arriba, apago la luz. Me seco las lágrimas con la almohada, y cierro los ojos. Junto las manos, y rezo. Rezo por mi hermana. Déjame disfrutar un poco mas de ella. No te la lleves todavía. Estaremos todos a su lado. Prométeme que se curará de la Leucemia.
…
Me quedo dormido.
ME has puesto los pelos de punta y me has hecho hasta llorar!!
ResponderEliminarHa sido... fascinante, sin más*
La historia es simplemente....magnífica!!! Has conseguido que me metiera de lleno en la piel del personaje. Espero con impaciencia nuevos capítulos!! Felicidades por escribir de esta forma
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